Regresar a BilbaoArte, diez años después, no es un simple movimiento en el calendario. Es un gesto político, un ejercicio de memoria y, también, un acto de resistencia. En 2015, aquí se hilvanaron los primeros hilos de lo que hoy es Mutur Beltz: un proyecto que nació como experimento y que con el tiempo se convirtió en forma de vida, en manera de pensar el territorio desde la lana vasca, el arte contemporáneo y la agroecología.
Hoy vuelvo con Las que hilan memoria (Tejer la memoria entre Karrantza y Tánger), un proyecto que une arte textil, performance y archivo biográfico. Mi materia de trabajo es doble: por un lado, la lana de nuestras ovejas carranzanas, esa fibra históricamente despreciada y tratada como residuo, que aquí se transforma en soporte y en relato; por otro, las voces de personas de mi familia que migraron o vivieron en Tánger durante el franquismo y hasta finales de los años ochenta.
Lo que me interesa no es ilustrar recuerdos, sino activar un dispositivo crítico donde lo íntimo se encuentre con lo político. Tejer es, en este caso, una forma de inscribir memorias desplazadas, de dar cuerpo a lo que ha sido silenciado, de abrir preguntas sobre los vínculos entre exilio, territorio y creación. El telar deviene archivo, el tapiz se vuelve documento, la fibra se convierte en lugar de fricción entre palabra, gesto y paisaje.
En este sentido, volver a BilbaoArte implica también confrontar el propio tiempo de la práctica artística. Aquí, hace una década, el trabajo se movía en los márgenes de lo experimental. Ahora regreso con un cuerpo de obra más amplio, con la experiencia de Mutur Beltz y con la certeza de que la lana no es solo materia: es historia, conflicto, economía circular y posibilidad de futuro.
Durante la residencia, entre septiembre de 2025 y julio de 2026, desarrollaré tapices de gran formato, un libro de artista y un archivo audiovisual. El proceso culminará con una exposición y una performance final. Pero lo esencial no está en la clausura, sino en el propio gesto de tejer entre dos territorios —Karrantza y Tánger—, entre dos memorias —la rural y la migrante—, entre dos cuerpos —el mío y el de quienes me precedieron—.
Las que hilan memoria es, en el fondo, una práctica de restitución: devolver valor a lo que fue desechado, ya se trate de fibras, de oficios o de historias familiares. Es un modo de pensar el arte no como objeto autónomo, sino como tejido de relaciones, como ecología de afectos y materiales, como resistencia frente a un tiempo que insiste en olvidar.
