Ayer por la tarde fuimos al Guggenheim Bilbao, Joseba y yo. No para ver una exposición, sino para hacernos cargo de una historia. Una de las piezas producidas en la Residencia Artística del Buen Vivir, Mil leches de Asunción Molinos Gordo, forma parte de la exposición Artes de la Tierra (05.12.2025 – 03.05.2026), comisariada por Manuel Cirauqui. Nos invitó a hablar y hablamos en la biblioteca del museo, con los Amigos del Guggenheim.
No presentamos una obra. Lo que hicimos fue situar desde dónde se habla cuando se habla desde Mutur Beltz. No como marca ni como proyecto creativo, sino como un entramado vivo donde se cruzan lana, ovejas, ganadería, arte, residencia, conflicto, economía y territorio. La oveja carranzana apareció como una bandera, pero no para fijarla, sino para dejar que se cuestione, para abrir preguntas más que para cerrar identidades.
Como señala Asunción Molinos Gordo en su investigación, no es casual que la oveja haya venido a representar lo divino —el Agnus Dei— ni que su consumo esté permitido y celebrado en el islam, el cristianismo y el judaísmo. No es casual que su pelo haya sido nuestra segunda piel desde tiempos neolíticos. Tampoco que las ovejas fueran las primeras en migrar, en trashumar —tras, de la otra parte; humus, tierra—. Ellas eligen los mejores lugares para abrir camino en las cimas escarpadas, actuando como ingenieras del territorio en la búsqueda de la eterna primavera. Primero pasaron las ovejas; después pasamos los demás.
Desde ahí se entiende que lo autóctono no sea pureza, sino adaptación: tiempo largo, clima, suelo, error y aprendizaje acumulado. Cada raza es una respuesta concreta a un territorio concreto y, por eso, la homogeneización empobrece y la pureza, cuando se invoca, siempre ejerce alguna forma de violencia.
Mil leches trabaja exactamente en ese lugar. Es un lienzo de fieltro hecho con la lana de todas las razas de ovino del Estado español, todas juntas, mezcladas. No como metáfora, sino como materia real que pesa, que huele y que a veces incomoda. La obra no se limita a representar un discurso, lo encarna físicamente.
Hablamos también desde las propias palabras de Asun y desde su investigación en torno a la inteligencia campesina y animal. De cómo los pastores y pastoras seleccionan a sus ovejas no solo por criterios de productividad, sino atendiendo a cualidades menos cuantificables. Una de ellas resulta clave: que sean buenas madres, que cuiden a sus corderos. Una ética sin manual, un conocimiento situado que no suele escribirse, pero que se transmite de generación en generación.
Tras la conversación en la biblioteca, nos desplazamos todas y todos a la sala donde se encuentra la pieza.
Manuel Cirauqui explicó cómo la pieza ha adoptado distintas formas a lo largo del tiempo —instalaciones, mantos, vídeo— y cómo, en esta ocasión, Asunción eligió el gran formato. Un gesto que se cuela en la historia del museo y dialoga con el expresionismo abstracto. Aquí no hay genialidad individual ni trazo épico: hay lana, trabajo colectivo y fricción histórica.
La exposición Artes de la Tierra documenta un cambio de paradigma: un arte que asume que no puede durar más que los ecosistemas que lo sostienen. En ese contexto, Mil leches no funciona como excepción, sino como grieta
Porque la lana fue imperio y hoy es residuo. Porque el llamado “oro blanco” fue siempre mestizo. Y porque la historia del cruce, de la mezcla y de la adaptación es también la historia misma de la supervivencia.
Mutur Beltz no comparece aquí como productor, sino como situación. Un ensamblaje de condiciones materiales y afectivas, ancladas en el territorio, que permiten que la lana —con su inteligencia campesina, su trabajo y su conflicto— desplace por un instante el lugar desde el que el museo escucha.
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