Arte, Colaboraciones

«No hay mucha gente que sienta»

Reflexiones desde el Foro Cultura y Descentralización en Genalguacil

“No hay mucha gente que sienta.”
Lo dijo alguien en Genalguacil y se me quedó incrustado. Como las curvas que suben desde Estepona, esa carretera que se enrosca sobre sí misma como una espiral de esfuerzo. Como mi escoliosis, que ya no sabe si soporta o resiste.

Allí estuvimos, reunidas en el Foro Cultura y Descentralización, un encuentro de iniciativas que nacen o resisten desde lo rural: Fundación Campocerrado, Rara Residencia, Sara Álvarez con Proyecto Camminus y EPA, Rubén Martín de Lucas, Álvaro Gross, El Patio Vegano… y yo, Laurita, de Mutur Beltz.

Un fin de semana de esos que el tiempo se estira como cuando se amasa pan.
No hice apenas fotos… Solo quería estar allí.

De lo escuchado, tomé notas. Hoy las he cocinado y ha salido esto:
afirmaciones que no quieren convertirse en consignas:

El arraigo no es una bandera, es una herida abierta.

La ciudad se ha vuelto un territorio peligroso.

La gente debería vivir un tiempo en el campo.

Pero no para apropiarse de un paisaje ni para romantizar la dureza.
Sino para mirar al cielo con la incertidumbre de quien depende de él.
Para comprender que en lo rural no hay estética sin ética.
Que el arte no es postal ni promesa, sino pregunta constante. Que no decora, sino que señala.

Hablamos de derechos culturales —de verdad—.
De cómo el arte, a veces ego, puede ser también catalizador.
De las grietas del sistema y los gestos que filtran luz.
Del uso y abuso de la tradición.
De lo que significa hacer gestión cultural en los márgenes.

También se dijo que el patrimonio se transmite, sí,
pero no para meterlo en formol.
Se comparte como el pan: en la masa, en el calor, en las manos.
Porque lo que ocurre a través del encuentro no se programa.
Sucede. Arde. Se transforma.

El acto de resistencia es innovación.
No como etiqueta, sino como forma de seguir. De estar.


Gracias, Genalguacil, por ser lugar, por ser llama.

Me siento afortunada de tejer —con hilos de lana y memoria— algo bonito con mi tierra malagueña.
Esa que resiste, que me llama desde lejos y me obliga a mirarla de otra manera.
Desde Mutur Beltz, con la lana entre las manos, aprendo a hilar también los vínculos que creí rotos.
La niña que se fue corriendo, asustada del estruendo y del cemento en su pueblo marbellero,
ahora vuelve. Y se emociona.
Gracias.
De verdad:
No hay mucha gente que sienta.

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